Management

Un caballo más rápido

¿Estamos contribuyendo a que el jefe piense que tiene un carisma e influencia de la leche, un RDF tamaño magnum?

Javier Fañanás

Director de proyectos y consultor
www.smart-management.es

No sé si a ti te han hecho muchas encuestas de intención de voto, de qué programas de TV ves, de cómo te gustaría que fuese el nuevo coche, del color preferido para el atardecer o de lo que sea; a mí, no, es decir que formo parte de esa inmensa mayoría de masa que no contamos -excepto a la hora de consumir o pagar impuestos - ya que estamos bien representados por los que sí contestan. Honestamente, a mí me da igual porque con esas encuestas modularán mis hábitos de consumo, pero difícilmente van a crear una categoría nueva: los visionarios no se nutrirán de esas estadísticas, ellos comen de otro plato.

Decía Henry Ford que si hubiese preguntado a los americanos por sus necesidades cuando estaba desarrollando su famoso método para hacer automóviles asequibles, le hubiesen respondido "Un caballo más rápido". Nos dejó hace 70 años con la sensación de haber hecho algo nuevo, algo distinto, un verdadero visionario. Tras él ha habido otros, muchos, pero me voy a centrar en uno reciente, conocido, controvertido, de esos que no dejan a nadie indiferente: Steve Jobs, sí, el de la manzana mordida, el del iPhone, el que contribuyó a que Apple fuese la primera empresa en superar los 800.000 millones de dólares de capitalización bursátil el 8 de mayo de este año, fecha en que valía un 25% más que la suma de todo el Ibex35.

Ha habido escritores y bloggers mucho más sesudos que yo que han glosado la figura de Jobs; entre ellos os recomiendo la biografía que escribió Walter Isaacson, muy entretenida y didáctica, que repasa toda su vida, con sus luces y sombras, y algunas de las actuaciones que le llevaron a ser un visionario, actuaciones tales como "Los clientes no saben lo que quieren hasta que alguien se lo muestra". Y estrechando un poco más el enfoque me centraré en otro aspecto controvertido: el campo de distorsión de la realidad (RDF) de Steve Jobs. El concepto proviene de Star Trek y fue adaptado por Bud Tribble - miembro del equipo original de diseño del Macintosh - para describir la capacidad de Steve para convencerse a él y a los otros de cualquier cosa con una mezcla de encanto, carisma, bravatas, apaciguamiento, exageración, persistencia, etc. Sin eso, el diseño zen, exquisito, del iPhone no hubiese sido posible...pero tampoco se hubiesen cometido algunos errores en el diseño. Hay infinidad de anécdotas de cómo se salía con la suya mediante su campo de distorsión, de cómo conseguía de su gente esfuerzos imposibles, plazos increíbles que eran impensables para conseguir lanzamientos geniales que han posicionado la compañía en el lugar que está hoy. También hay detractores, historias de fracaso y despidos sonados (como el que sufrió él mismo) pero la historia le recordará por los éxitos.

Ahora desciendo un nivel más para preguntarte: ¿tiene tu Director General un RDF tan acusado? Tan acusado vale tanto para "tan acusado como el de Steve Jobs" como para "tan acusado como él piensa que lo tiene". ¿Cuántas veces le has dicho OK a sabiendas de que era un error y además imposible? ¿Cuántas veces te has visto obligado a desarrollar una de sus brillantes ideas de visionario a pesar de saber que no era lo indicado para el negocio? ¿Y cómo contrapesar esa gestión caprichosa de los recursos humanos basada en el radar especial para detectar filias y fobias, y prevenir futuras consecuencias negativas cual Tom Cruise en Minority Report? Muchos de nosotros no estamos en disposición de desafiar al líder, y encontramos multitud de razones para no hacerlo que van desde el "ya se lo he dicho una vez" hasta el pasotismo o el pesebrismo, pero el resumen es que pocas veces lo desafiamos. Una vez admitida esa cualidad que tan poco nos adorna me surge otra duda: ¿estamos contribuyendo a que el jefe piense que tiene un carisma e influencia de la leche, un RDF tamaño magnum? Pues creo que sí, y nos equivocamos porque hay muy pocos que lo tengan. Para identificarlos basta con que elucubres cuantos responderían un caballo más rápido a la pregunta de Ford.