Management

La tortuosa senda de la brecha salarial

Salvador Martínez

Consultor en Organització, canvi cultural i RRHH

Un reciente informe conjunto de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha desvelado que la brecha salarial entre mujeres y hombres en el sector de la salud y los cuidados, en el mundo, alcanza una media del 20%. Por si esto fuera poco, el porcentaje se eleva hasta el 24% cuando se tienen en cuenta factores como la edad, la educación o el tiempo de trabajo. Si consideramos que las mujeres representan el 67% de la ocupación mundial en dicho sector, esa alarmante diferencia salarial tiene nefastas consecuencias sobre la igualdad de trato y oportunidades entre uno y otro sexo.

Hace tiempo que sabemos que una de las características más visibles de la división sexual del trabajo es la concentración de las mujeres en profesiones y ocupaciones relacionadas con el cuidado de otras personas. Los sectores de la limpieza, la educación infantil, la atención a mayores dependientes o los trabajos sociales nos ofrecen ejemplos de empleos absolutamente feminizados. Esto, en sí, no es bueno ni malo, hasta que advertimos la correlación de los trabajos ocupados mayoritariamente por mujeres con convenios colectivos de bajo rango retributivo. El mismo informe concluye que "los salarios en el sector de la salud y la asistencia tienden a ser más bajos en general, en comparación con otros sectores económicos. Esto coincide con la constatación de que los salarios suelen ser más bajos en los sectores económicos en los que predominan las mujeres".

Efectivamente, las estadísticas nos enseñan cómo se distribuyen mujeres y hombres a lo largo de las escalas salariales. Es fácil observar el conocido efecto "suelo pegajoso", es decir, mientras el 60% de las mujeres cobran -como mucho- dos veces el salario mínimo interprofesional, en España, este porcentaje baja hasta el 41% en el caso de los hombres. No se trata de una casualidad, sino de una causalidad -perdóneme el juego de palabras-, puesto que es evidente que los trabajos tradicionalmente asumidos por hombres tienen más valor social, y por lo tanto, mayor retribución económica. Esta constatación podemos extrapolarla internacionalmente, pues la cruda realidad es que la discriminación de la mujer -y no únicamente la salarial- es un hecho a escala mundial.

El informe de la OIT y la OMS pone el dedo en la llaga cuando indica que las diferencias salariales por sexo aumentan durante los años de reproducción de la mujer, pues no en vano son las mujeres quienes asumen mayores cargas familiares. Sin duda, este es el motivo principal de que las mujeres soporten una mayor precariedad laboral en forma de contratos eventuales, parciales o reducciones de jornada. La falta de corresponsabilidad, entre mujeres y hombres, en la atención de las tareas familiares empuja a las primeras a buscar fórmulas contractuales que permitan la conciliación de su vida profesional con la familiar y personal. No hay más que ver el ratio de mujeres que se acogen a reducciones de jornada por cuidado de menor en comparación a los hombres.

"Las mujeres constituyen la mayoría de los trabajadores del sector sanitario y asistencial, pero en demasiados países los prejuicios sistémicos están dando lugar a perniciosas penalizaciones salariales contra ellas", afirma Jim Campbell, Director de Personal Sanitario de la OMS. Solo la acción política decidida, combinada con la asunción social de valores como la igualdad de trato y oportunidades, la equidad salarial o la tolerancia cero ante cualquier tipo de discriminación, nos harán avanzar -y permítame parafrasear la letra de una preciosa canción de The Beatles- por el largo y tortuoso camino que nos conducirá al final de la brecha salarial entre mujeres y hombres.